Los ojos del alma no ven con luz, sino con la textura de la ausencia. La memoria no es un museo, sino el eco de una herida que la piel olvida, pero que los huesos guardan. Es el peso de un recuerdo que se disuelve y la ligereza de una cicatriz que se acepta, sabiendo que la valentía no es la falta de miedo, sino la grieta por donde se asoma la luz. Es en ese silencio después de la tormenta donde la voz más cruda, esa que habita en las sombras, nos revela el mapa del viaje que creíamos perdido.

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