Alzó la vista hacia el rostro gigantesco. Cuarenta años había tardado en entender la sonrisa que se ocultaba tras el bigote negro. ¡Qué malentendido tan cruel e innecesario! ¡Qué exilio tan obcecado se había impuesto a sí mismo de aquel pecho amoroso! Dos lágrimas perfumadas de ginebra le rodaron por la nariz. Pero todo había acabado bien, la lucha había concluido. Se había vencido a sí mismo. Amaba al Gran Hermano. 1984- George Orwell

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