Lo único que queda a partir de entonces ya no es ningún «ejercicio» (espiritual), en el sentido de un esfuerzo deliberado, sino simplemente un dejar que nuestra verdadera comprensión impregne profundamente nuestro nuestro mismísimo ser, de manera paciente y pasiva, para que todas las ilusiones y obstrucciones se caigan gradualmente por su propia cuenta.

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