Así, la experiencia de ser consciente (la esencia de la mente) o la sensación «yo soy» (la presencia de Dios en nuestro corazón) no es solo la base o el fundamento de la felicidad o de la plenitud en los individuos, sino que es también la fuente última de paz entre las comunidades y las naciones. De este modo, en la Vía Directa, las dos vías del conocimiento y la devoción encuentran su resolución final: se funden en una y se vuelven indistinguibles.

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