Y no me lo enseñaron mis papás, ni en la escuela, me lo enseñó la vida. Que cuando querés a alguien dejas de lado el orgullo y el resentimiento. Porque cuando hayas perdido a esa persona, te vas a dar cuenta que valía mucho más que un poco de dignidad, y que no importaba en lo absoluto perderla, si al fín y al cabo te hacía feliz.

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